jueves, 24 de febrero de 2011

Gaddafi es humorista


Dueño de la revolución. Responsable por su pueblo. Víctima de Bin Laden. Una afrenta sin precedentes para Libia. Todas las anteriores utilizadas como argumentos por el coronel Gaddafi, presidente “vitalicio” de Libia, que puja para mantenerse en el poder, en el cual está desde 1969, y así evitar el efecto Egipto en un país cansado de la represión y esperanzado en encontrar el camino hacia democracia que está a la vuelta de la esquina, flanqueada por un solo hombre que poco a poco, se queda sin aliados.

Obama lo llamó “un baño de sangre” y en simples palabras lo es. Ordenó bombardear a su propio pueblo bajo el argumento de que están controlados por el efecto de las drogas y por grupos terroristas como Al Qaeda, cuando el único que debe irse y el único terrorista no es más que él mismo, cegado por su sed de poder interminable y negado a caer por voluntad popular.

La oposición comienza a apoderarse del poder y acorrala al excéntrico Gaddafi a un final con anunciado desenlace; sólo es cuestión de tiempo.

Cayó Mubarak, caerá Gaddafi y de corazón, que caigan todos y cada uno de los dictadores declarados y disfrazados, opresores de la libertad y del humanismo, contrarios a la expresión y a la democracia, que aunque muchos lo tilden de quimera, es un inicio mucho más próspero que el bombardeo de sangre y terror, una violación que jamás puede ser aceptada.

Hasta siempre, Gaddafi.